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Blog sobre películas, libros, discos y demás impresiones de la farándula
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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2006.
Corría el S. XVI y las ideas del Protestantismo recorrían media Europa como un escalofrío. Pensadores como Lutero, Zvinglio y Karlstadt habían sentado las bases para una revisión a fondo del Cristianismo, grandes humanistas como Erasmo (al que todos tendríamos que agradecer nuestra beca, jeje) ensalzaban al hombre, al sujeto, por encima de las demás cosas. Eran tiempos de cambio, algo se movía en la vieja Europa, los espíritus inquietos sobresalían en estos convulsos momentos. Pero si algo nos ha enseñado la historia es que el avance de la libertad nunca ha estado libre de trabas y obstáculos. Un francés llamado Jean Calvin, más conocido como Calvino, había creado en la ciudad de Ginebra una dictadura brutal, no vista desde la oscura Edad Media, una cárcel espiritual, una extensión de su fanatismo, dirigida con mano de hierro y donde no se toleraba ningún tipo de pensamiento independiente. Calvino hizo su propia Reforma, con sus interpretaciones teológicas, con su dogma doctrinal y lo aplicó a todas y cada una de las facetas de la vida, ahogando la existencia de los ciudadanos ginebrinos. Y por supuesto no iba a consentir la más mínima disidencia. Pero es en esos momentos oscuros cuando surgen las conciencias libres. Un hombre, un solo hombre, alzó su voz contra la tiranía aún sabiendo que no podía ganar. Sebastian Castellio, un humanista, realizó un acto heróico que incluso le podía costar la vida, gritó contra la intolerancia, la violencia y el fanatismo. Más de cuatro siglos después nos puede resultar algo normal (a algunos, que hay cosas que no cambian), pero en ese momento a un lado del mundo funcionaba la Inquisición y al otro el feroz régimen de Calvino. A raiz del asesinato en la hoguera del médico aragonés Miguel Servet por "diferencias doctrinales" con Calvino - si, como suena, por interpretar la Biblia de un modo distinto-, ese hombre insignifivante, Castellio, se enfrentó abiertamente al dictador que ostentaba todo el poder, complicandose la vida y dandonos una lección de lo que significa conciencia. “La posteridad no podrá creer que, después de que ya se hubiera hecho la luz, hayamos tenido que vivir de nuevo en medio de tan densa oscuridad”. Sebastian Castellio, “De arte dubitandi”, 1562. El escritor austriaco Stefan Zweig, nos lo cuenta en su libro "Castellio contra Calvino" con el pulso de los grandes narradores. Con un ritmo trepidante, hace que te involucres en la historia y sabe hacer salir a flote esa admiración natural por los actos nobles y heróicos como ya hiciera Homero al contar las aventuras de Odiseo. Acabo de leerlo y deja huella, remueve la cabeza e inquieta los sentimientos, y ahora al mirar la solapa en la estantería se me hace esa especie de nudo en el estómago que indica que éste no es un libro más. Está hecho para esa clase de gente que aún confia en la raza humana, y que sabe que a pesar de que el rebaño va por donde le dicen, simpre habrá perros que "molesten" con sus ladridos. Stefan Zweig era un genio escribiendo, había leído cosas suyas como la maravillosa "Carta de una desconocida" (es una novelita corta muy muy recomendable), pero esto lo confirma. Dice Herman Hesse de él que la amistad era su rasgo más característico, lo que hoy en día se podría considerar como un gran valor. Emigró de Alemania huyendo del nazismo en 1934 y se suicidó en Brasil en 1943 llevado por la soledad y el cansancio espiritual. Si hoy miramos al mundo más alla de la puerta de casa, da la impresión de que nada ha cambiado desde el siglo XVI, pero no perdamos la esperanza... “Buscar y decir la verdad, tal y como se piensa, no puede ser nunca un delito. A nadie se le debe obligar a creer. La conciencia es libre” Sebastian Castellio, 1551. Tercer disco de los británicos liderados por Joe Strumer que fue su consagración como ídolos de masas, eso si, sin dejar de lado su genuino aroma punk. Tras su rotundo estreno con el estupendo álbum “The Clash” y tras un desafortunado segundo disco (“Give’em enough rope”) aparece este “London Calling” que es un caleidoscopio de estilos: rock, pop, reggae, ska, swing, rockabilly e incluso funk. Todo esto mezclado con unas letras combativas y políticas, guitarras contundentes pero frescas y la producción inclasificable de un Guy Stevens pasado de rosca hacen de este uno de los mejores discos de la historia del Rock’n Roll. De hecho es lo que los Clash pretendían: tomaron prestada la portada del primer disco de Elvis (“Rock and Roll”, 1956, el primer gran disco de la historia del rock) y la convirtieron en la del último de los grandes discos, un álbum-mito, un referente. Un ciclo que se abre y se cierra con el mismo marco pero distintas fotos: de un joven Elvis tocando la guitarra a un Paul Simonon destrozando su bajo en una actuación en NY en 1979. Un gesto que marca la apoteosis, la cúspide de la cultura Rock. Muertos los dinosaurios de los 70, The Clash fue la última gran banda, después el rock tomaría otros caminos a veces tortuosos, lo que no quiere decir que en los últimos veinte años no haya habido buenos grupos, que si, que los ha habido (Nirvana, REM, Metallica, por citar algunos), pero sin ese componente romántico tan evocador de sentir que se estaba viviendo algo grande, histórico. Será cosa del momento y las circunstancias. El disco es redondo desde la primera canción hasta la última. Me encanta el swing sensible de “Jimmy Jazz”, el pop perfecto de “Lost in the supermarket” con su crítica al modelo consumista, el horrible castellano de “Spanish bombs” hablando de la Guerra Civil, el ska contagioso de “Wrong’em boyo”, ese “Revolution Rock” que es un manual de cómo fusionar reggae y rock, los arreglos de viento y piano de esa joya que es “The card cheat”. Y por supuesto, la canción que para mi resume el disco, quizás no la mejor musicalmente, pero que lo contiene todo, toda una declaración, empezando por el título, “Lover’s Rock”. Sólo puedo decir que lo disfruten, merece la pena. |